Tan sólo existe una tragedia en el mundo, la griega, la de los tres Trágicos griegos, Esquilo, Sófocles, Eurípides. Es la única que conserva efectivamente el sentido trágico de la vida, porque conserva sus dos elementos. Por un lado, las catástrofes humanas, que son constantes, en todo tiempo y en todo país. Por otro, el sentimiento de que estas catástrofes se deben a potencias sobrenaturales que se escondenen el misterio, cuyas decisiones nos son ininteligibles, hasta el punto de que el miserable insecto humano se siente aplastado bajo el peso de una Fatalidad despiadada de la que intenta en vano alcanzar el sentido. Si se suprime uno de estos dos factores, ya no existe verdadera tragedia. Éste es el caso, por ejemplo, de la tragedia francesa del siglo XVII. Al estar entonces -por lo menos oficialmenteen una edad de fe, el factor sobrenatural, este factor propiamente trágico de la Fatalidad, ha sido suprimido. Para estos católicos racionalistas del siglo XVII todo está claro, ya no hay misterio. Dios ha creado al hombre feliz. El hombre ha pecado. De este pecado resulta la miseria humana. Ella es redimida por el Hijo de Dios, en el cual basta creer. Todas estas nociones, que en verdad implican tantos misterios por lo menos como la Fatalidad griega, todas estas nociones, en aquel tiempo parecían claras. Y, por consiguiente, ya no hay problema. Ya no existe esta antigua confrontación del insecto humano que se debate en la noche con dioses indiferentes de los que no comprende nada. Ya no existe esta interrogación perpetuamente renovada de la angustia humana: «¿Por qué esto? ¿Qué he hecho para esto? ¿Qué quiere de mí la Divinidad?» Todo está regulado, y por este hecho ya no hay más que tragedias secundarias, dramas burgueses. ¿Debe perder Rodrigo a Jimena para vengar a su padre? ¿El honor o el amor? ¿Qué me importa esta vana querella? Y ved a Fedra. En la obra de Eurípides, el héroe principal es Afrodita, esa Potencia divina que os conduce a pesar vuestro, de modo que, si se le resiste, se está perdido. Fedra se siente conducida, como encantada, envenenada, por Afrodita. Hipólito, que no quiere dejarse conducir, lucha contra una fuerza que, al final, le aplastará (*). Uno y otro son, de hecho, los juguetes de una Fatalidad sobrenatural. Fedra se dará muerte, Hipólito perecerá por la maldición de un padre, que es también una fuerza más que humana. Pero en la Fedra de Racine, todo, en comparación, se vuelve pequeño. En ella, Hipólito tiene una amante, Aricia. De pronto, todo cambia. El joven ya no es el héroe milagrosamente puro, ese devoto de la diosa pura, Artemisa. No es más que un muchacho cualquiera que, habiendo encontrado su «girl», rechaza a una mujer madura. Y Fedra, por su parte, está simplemente celosa. Caemos, como decía, en el drama burgués, la anécdota de cada día. Ya no hay verdadera tragedia.
En los griegos, por el contrario, la atmósfera misma es trágica. Desde el principio de la Orestíada, bajo ese sol de plomo que aplasta el palacio de los Atridas, se siente que algo terrible va a pasar, debe pasar. Y el terror aumenta de escena en escena, hasta el punto que, cuando se produce la catástrofe, cuando el rey es degollado, es como una liberaciór’: por fin se ha acabado, se respira, se puede respirar. Los dioses están apaciguados, han recibido las lágrimas y la sangre que se les debía. El insecto humano puede regresar a su tarea, su triste tarea de insecto.
Ya que, en definitiva, se trata de esto. El hombre cumple su tarea como mejor puede. Los dioses lo trastocan todo. Él no comprende. Está, permanece constantemente en presencia de un muro. Ahora bien, como a pesar de todo hay que vivir, y como el ser humano no puede dejar de pensar, cada uno de los Trágicos griegos ha buscado una grieta en este muro. Esto es lo que quisiera tratar de mostrar.
Nada hay tan profundamente enraizado en el alma humana como la noción de justicia. La idea de un Dios bueno no es primitiva. Lo que sí es primitivo, lo que desde más antigua y universalmente está unido al Ser divino, es el calificativo de poderoso: el dios, lo divino, es por esencia lo «más poderoso que el hombre», en el límite lo Todo-poderoso. Y lo que viene en segundo lugar, por lo menos en Grecia, tras el calificativo de poderoso, es el de justo. El más antiguo poeta moralista de Grecia, Hesíodo, llena todo su poema de Los trabajos y los días con esta noción de un Dios justo. Zeus es el vengador del débil, del huérfano: e incluso el grito del pájaro atrapado por un águila penetra hasta el oído de Zeus. De ahí que, en ese problema capital que plantea la tragedia griega -el insecto humano expuesto a la Fatalidad sobrenatural-, el primero de los Trágicos, Esquilo, haya buscado una solución en la idea de Justicia. Si el hombre sufre, es necesario que haya sido culpable: sin ello el Dios justo se viene abajo. Es la solución de la Orestíada. Agamenón, sin ninguna duda, es culpable, ya que ha sacrificado a su hija Ifigenia para que la flota griega parta. Se dirá: era el Rey de Reyes; llevaba, pues, la responsabilidad de la expedición; y si dependía de él que esta expedición tuviera lugar o no, cuando todo el ejército, desde hacía largas semanas, esperaba sobre la playa, cuando el ardor guerrero se pudría y nacían las murmuraciones, ¿podía impedir él, el Jefe, que se apaciguara a Artemisa? Sin embargo, la sangre derramada, la sangre de una virgen inocente, clama venganza. Y, en definitiva, no era indispensable que la guerra de Troya tuviera lugar. No era indispensable vengar a Menelao ni recuperar a Helena. Por lo menos, así lo piensa el Coro, que expresa, con seguridad, los pensamientos del poeta. «En el origen de todos los males, la funesta demencia con sus vergonzosos designios está ahí para infundir la audacia a los mortales. Osó, él, sacrificar a su hija para ayudar a un ejército a recuperar una mujer, para abrir la mar a unas naves».
(*) No se puede luchar contra una fuerza divina. Penteo, que ha querido resistir a Dioniso, y más precisamente a los arrebatos inspirados por Dioniso, será aplastado igualmente (Eurípides, Bacantes). Y Simonides dice, subiendo un grado más arriba, si se me permite decirlo así, en la jerarquía de lo Divino: «Contra la Fatalidad, ni los mismos Dioses luchan» Sim. 5, 21.
Nota biográfica
André-Jean Festugière a étudié à l’École normale supérieure, à l’École française de Rome (1920-1921) et à l’École française d’Athènes. Il entre dans l’ordre des Dominicains en 1923, avant d’être ordonné prêtre en 1930. Il fut directeur d’études à l’École pratique des hautes études de 1942 à 1968, et membre de l’Académie des inscriptions et belles-lettres en 1958. Ses recherches ont été consacrées à la pensée religieuse de l’Antiquité païenne, dans ses contacts avec le christianisme naissant. Il a édité et traduit de nombreux textes du Concile d’Ephèse et du Concile de Chalcédoine, du philosophe néoplatonicien Proclus, ainsi que le Corpus Hermeticum attribué au prétendu Hermès Trismégiste. Une notice nécrologique a été rédigée par Pierre Hadot dans l’ Annuaire de l’Ecole pratique des Hautes études. Ve section, tome 92 (1983-1984), p. 31-35.
Fonte:
http://fr.wikipedia.org