Descrição universalizante de um integrista narcísico-bolostrocante (*)

DELIRIO DE PERSECUCIÓN

Desde el día en que su padre se opuso a su carrera de pintor, Adolfo Hitler debió sentirse perseguido, y no tanto por la prohibición formal de su padre como porque éste no estaba dispuesto a reconocer su genio.

Después de su fracaso en la Academia de Viena, hubo de soñar ciertamente con el tema del genio incomprendido, como lo haría más tarde en la prisión de Landsberg, al rumiar el fracaso de su putsch.

“En el curso de la existencia humana -escribió melancólicamente en esa fecha- puede ocurrir una vez que el hombre político coincida en el creador de un programa. Cuanto más íntima es esa fusión, más fuertes son las resistencias que entonces se oponen a su acción. No trabaja ya para exigencias evidentes, para el criterio del primer mercader que acierte a pasar, sino por fines que sólo comprende una pequeña elite. De ahí que su existencia esté entonces desgarrada por el amor y el odio. La protesta de sus contemporáneos compensa el reconocimiento futuro de la posteridad para que trabaja”.

Ese texto es particularmente interesante para el alienista. Nos demuestra que si Hitler hubiera encontrado menos eco entre sus contemporáneos, se habría refugiado, como tantos otros paranoicos, en el tema del genio ignorado. Hubiera continuado sobreestimándose, y el elemento persecución habría llegado a ser predominante.

Las memorias de los políticos que vivieron en la intimidad de Hitler indican que el Führer interpretaba una cantidad de incidentes como verdaderas conspiraciones dirigidas contra él.

Konrad Heiden nos refiere un hecho típico. En marzo de 1927 Hitler pronunció su primer discurso en público desde su salida de la fortaleza de Landsberg. Al día siguiente el Volkische Beobachter, órgano de los nazis, no publicó sino algunas frases truncas de esa larga manifestación oratoria. El taquígrafo encargado de tomar el discurso había perdido sus notas. Hitler, fuera de sí, vió en ello una maquinación de sus enemigos. Estaba convencido de que éstos tenían espías en su diario. Hizo venir al redactor que consideraba responsable de ese incidente, lo cubrió de injurias, gritó que se sentía rodeado de traidores y, como el desdichado quiso responder, Hitler le aplicó una sonora bofetada.

Imbuído de la idea de que él tenía el derecho y el deber de llegar a ser el amo indiscutido del mundo, le parecía que quienes se defendían contra ese insaciable afán de conquista era gente que lo perseguía. Esto rige tanto para sus relaciones privadas como para sus rela ciones políticas, y en cada uno de sus discursos de política exterior reaparece ese tema de persecución.

Quien odia con el ardor de un Adolfo Hitler, se siente, por fuerza, profundamente odiado. De ahí la sospecha constante de que todos querían su desgracia. (**)

La organización de la Gestapo es otra manifestación de su ansiedad. Hitler olvida que él tiraniza; sólo ve que se lo amenaza. Proyecta sus sentimientos de odio en las personas que lo rodean, como si giran ellas quienes buscaran pleito.

El mecanismo de proyección es muy conocido. Consiste en no tomar conciencia de sus propios sentimientos y atribuirlos a otros. Ese procedimiento tiene un valor económico para el individuo: le ahorra el sufrimiento de los sentimientos de culpabilidad y, además, transforma un conflicto interior, entre dos tendencias de la personalidad, en un conflicto exterior. De esta suerte la unidad de la persona está mejor conservada, ofrece más fuerza de resistencia al mundo exterior; pero, por otra parte, el individuo utiliza ese mecanismo a expensas de su sentido de la realidad.

SELECCIÓN DE LA REALIDAD

Hemos estudiado las ideas de grandeza y las ideas de persecución de Hitler. Éstas no son realmente comprensibles si no las insertamos en el sistema paranoico al que pertenecen.

En su discurso del 28 de abril de 1939, Hitler declaraba: “He devuelto al Reich las provincias que en 1919 nos habían sido robadas. Gracias a mí volvieron a su país de origen millones de alemanes, a los que se había apartado de nosotros y que vivían en la miseria. He restablecido la unidad histórica del espacio vital alemán. Me he esforzado, señor Roosevelt, por obtener todo esto sin efusión de sangre y sin imponer a mi país, y por consiguiente tampoco a los otros pueblos, la miseria de la guerra.

“Yo que, hace veintiún años, era un obrero desconocido y un soldado de mi patria, hice todo esto, señor Roosevelt, gracias a mi propia energía. Puedo, por consiguiente, ante el tribunal de la historia, reclamar un sitio entre esos hombres que han cumplido el máximo de lo que, razonablemente, podía pedirse a un solo individuo”.

Cuando leemos esta declaración es difícil desechar la idea de que Hitler, al hacerla, era sincero. Pero tan pronto como adherimos a esta tesis nos vemos obligados a admitir al mismo tiempo que él no veía las cosas como nosotros, que una parte de la realidad se le escapaba y que no podía salir de su propio punto de vista.

Analicemos este texto y hallaremos inmediatamente los defectos específicos del pensamiento paranoico.

Hitler extrae de una realidad compleja ciertos hechos que actúan en el sentido de sus deseos, o de sus ideas delirantes, y tiene una convicción absoluta e inquebrantable de que esa verdad parcial constituye “toda la verdad”. Es lo que decimos del pensamiento paranoico: las premisas son falsas, pero los razonamientos que siguen son justos. Hitler considera que, al restituir al Reich todas las minorías alemanas, cumple una obra de paz. Considera que esos alemanes tienen necesidad de un espacio vital que no pueden hallar sino avanzando hacia el Este, y sometiendo a razas que él considera inferiores, e incapaces de gobernarse por sí mismas. Habiendo cumplido gran parte de su programa, está contento con su trabajo y no puede comprender que se lo critique, a menos que sea por mala fe.

Toda una parte de la realidad se le escapa: aquélla en que no está interesado, la que no significa ningún triunfo para él. De la anexión de Austria no conservó sino el recuerdo de los nazis entusiastas que lo aclamaron. Sabe bien que había adversarios, pero en su espíritu se trata únicamente de un puñado de imbéciles, incapaces de comprender la grandeza de los acontecimientos, la grandeza de ese Reich que va a conquistar el mundo.

Su memoria es selectiva, y no retiene más que el exito.

(…)

Cualquiera sea la cuestión política que Hitler exponga, nos hallamos con esa subjetividad que lo obliga a deformar los hechos, a destacar una verdad parcial como si fuera una verdad absoluta. Pero está tan convencido que cree a pie juntillas en la mala fe de los otros.

Por lo tanto, no puede concebir que alguien no sienta admiración por la forma aparentemente pacífica en que consumó el Anschluss: “Esto debían entenderlo todos esos apóstoles internacionales de la verdad, que hoy mienten, que quieren ver en este acto un acto de violencia y rehusan ver los hechos, porque no corresponden a su canon”.(Discurso del 25 de marzo de 1938).

Gracias a estas citas podemos comprender que Hitler vivió en un mundo distinto al de sus adversarios, que no pudo comprenderlos nunca porque sus normas eran distintas. Era absurdo firmar un tratado con él, porque las cláusulas de ese tratado no podían tener el mismo significado para las dos partes contratantes. Lejos de ver, por ejemplo, en el Anschluss, la menor violación de compromisos anteriores, declarará el 8 de abril de 1938: “Creo que fué la voluntad de Dios la que envió aquí, a Alemania, un joven para que creciera y se desarrollara con el fin de ser el jefe de la nación y devolver su patria al Reich. Hay un orden superior: nosotros no somos más que sus servidores… Lo que se consumó en tres días no puede ser considerado sino como el deseo y la voluntad de esa Providencia”.

LA FORMA DE SU ALIENACIÓN

Hace justamente lo que reprocha a los demás. Pero el fin, en él, justifica los medios. Hitler tiene una gran misión que cumplir: la de conducir a Alemania a la hegemonía sobre todos los otros pueblos. Todo lo que se haga para el éxito de esa empresa le parece legítimo, porque él no puede verla sino desde el punto de vista alemán.

“Es imposible decir que quien se propone realizar ciertas revisiones viola una ley, puesto que el tratado de Versalles no tiene fuerza de ley para nosotros. Se nos ha arrancado nuestra firma con el revólver al pecho, y amenazado con el hambre a millones de hijos de nuestro pueblo, y luego se ha elevado al rango de ley a ese documento que llevaba nuestra firma obtenida por la
fuerza”. (Discurso del lv de septiembre de 1939).

En ese texto Hitler no solamente altera la verdad, si no que protesta además contra la validez de un tratado impuesto con la amenaza de las armas y del hambre. Pero poco tiempo después imponía, en las mismas con diciones que él criticaba, tratados draconianos a diez países de Europa. En ese mismo discurso legitimaba su ataque a Polonia, pues éste, dijo, era “un país edificado sobre la fuer za y gobernado por medio de la policía y el ejército”. Le parece normal que Alemania no repose sobre la de mocracia sino sobre la fuerza y el ejército, y sin embar go reprocha a sus vecinos el estar formados del mismo modo. De una manera constante se atribuye el derecho de hacer cosas que critica en los otros y de reprochar a los otros los defectos que él padece. “Ni el pensamiento admitimos de que estadistas o parlamentarios británicos practiquen, en el interior de Alemania, encuestas sobre la suerte de súbditos del Reich”. Hitler encuentra, en cambio, perfectamente natural interesarse por lo que pasa en Austria, en Checoslovaquia, en Polonia. Omite hablar de los campos de concentración que ha organizado, donde perversos sádicos están encargados de torturar a pobres ancianos u hombres subalimentados cuyo único crimen es pensar de otro modo que el Führer. No comprendía que había allí un crimen de lesa humanidad, que debía rebelar a todo ser civilizado. Unos días después de una campaña de prensa alemana contra Checoslovaquia, Hitler dicta una lección a las otras naciones: “La tarea de asegurar la paz del mundo -dice- implica también que los estadistas y políticos responsables se ocupen de sus propios asuntos y se abstengan de inmiscuirse constantemente en los problemas de los otros países y de los otros pueblos. Con recíprocas consideraciones de esta índole, se crean condiciones favorables a la paz, paz que ningún país desea más seriamente que Alemania”. (Discurso del 9 de octubre de 1938).

Hitler, disociado de la realidad y sólo a medias inmerso en ella, no se apercibe de que hace justamente lo que predica a los demás que no hagan.

Como hemos visto, concibe siempre todos los problemas desde un punto de vista puramente egocéntrico. Puesto que él, pobre y plebeyo, ha llegado a ser el Führer de los alemanes, concluye que el nacional-socialismo es la institución más democrática del mundo; en ese momento, olvida todo el carácter tiránico de su régimen. “Tan grande ha sido nuestra revolución que sus bases espirituales no han sido comprendidas aún hoy por un mundo superficial. Ellos (las gentes de otros países) hablan de democracia y de dictadura, y no han comprendido que en este país se ha operado una revolución que puede ser descripta como democrática en la más alta acepción del término. ¿Existe un socialismo más glorioso, o una democracia más real, que la que permite a un alemán cualquiera convertirse en jefe de la nación? El fin de la revolución no era privar a una clase privilegiada de sus derechos, sino elevar al mismo nivel a una clase que no tenía derechos…”.

Inútil insistir en que todas estas afirmaciones son falsas y que sólo se explican por el hecho de que Hitler juzga esa revolución desde el punto de vista de lo que ella ha significado para él mismo.
Hitler estaba siempre convencido de su derecho, de sus buenas intenciones, de la importancia de su misión, de la excelencia de sus procedimientos. Al obrar así se conducía como todos los paranoicos. Si uno de ellos está encerrado en un asilo, pide siempre nuevas concesiones, y cada visita del médico provoca recriminaciones, discusiones sobre sus derechos. Promete cosas que nunca cumple. Por ejemplo, suplicará que se le deje salir con un enfermero para no verse confinado en el patio del establecimiento; no comprende que es más agresivo que otros y que su caso exige más prudencia; promete que no tratará de huir. Cuando se le acuerda lo que pide, lo primero que hace es atacar a su enfermero para darse a la fuga. ¿La había premeditado? Ciertamente, la idea cruzó por su imaginación, pero la había reprimido. Se había convencido de que no lo haría, para obtener por lo menos la concesión de salir acompañado. Pero, alcanzado un objetivo, el que cuenta es el siguiente, y no descansa hasta alcanzarlo. Si se produce un incidente de esta clase, cuando el paranoico lo relata él es siempre inocente y el enfermero culpable. Estará convencido de que él lo atacó porque el otro fué desconsiderado; olvida que él quería escapar.

(*) Psicoanálisis de Hitler. Merle, Robert; Saussure, Raymond. Editora Siglo Veinte. Buenos Aires, sem data, pp 57-65.
(**) grifos meus.

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